Año tras año, sufro del mismo problema, y se que no estoy solo. Cada febrero me hago la misma promesa, voy a ver la entrega de los Oscar. Me siento frente a la tele, con mi trago, listo para disfrutar de ese premio tan preciado por todos y que tan poco aporta al cine. Pero a pesar de mis denodados esfuerzos, siempre me rindo. Todos los años las fuerzas conjuntas de ese particular gremio de dobladores simultáneos profesionales logran vencerme usando sus armas químicas. No se si es porque cada vez estoy mas viejo o es que ellos están cada vez mejor entrenados en el uso de su pseudo lenguaje, pero cada año resisto menos tiempo frente al televisor. Quince minutos son suficientes para que me plantee la duda de seguir viendo con el televisor en mudo o poner algún programa de cocina. Para el año que viene me queda la siempre renovada esperanza de que alguno de los canales que transmite la ceremonia se digne a dejar el audio original en ingles, tal vez así logre entender algo.Pasada la imprescindible introducción, nos metemos en el tema principal. La entrega del famoso enano dorado y adorado por tantos actores y directores que confunden éxito con ganancia. Dicen los que dicen saber de cine, que fue una ceremonia sin sorpresas. A mi me sorprende que sigan robándole premios a Darren Aronofsky, debe ser porque a Hollywood siguen sin gustarle los directores de origen independiente. No debería sorprenderme tanto, los Oscar siempre fueron un premio a la industria y no al cine, dos cosas incompatibles, aunque nadie parece darse cuenta. Una reflexión final: no combaría todas las entradas del mundo al cine de Hollywood por el abono de un solo mes de cable para ver canales como Europa Europa.






